Cuando el enfoque de género se divorcia del feminismo

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Con la creciente popularidad de movimientos sociales como #NiUnaMenos, junto con el aumento de la demanda por incorporar el enfoque de género en las distintas instancias de la esfera social, ¿qué ocurre con el componente feminista del cual se desprenden las teorías de género? ¿Qué implicaciones políticas conlleva escindir los feminismos del enfoque de género?

En los últimos cinco años hemos visto a nivel mundial una fuerza de cambio que se pronuncia en pos de la equidad de género. Múltiples voces desde identidades multiculturales se articulan a favor de la igualdad exigiendo combatir la violencia y reclaman por el acceso a salud y educación sexual y reproductiva, denunciar y sancionar el machismo implícito y sutil en nuestras sociedades, disminuir las brechas salariales, redistribuir las labores domésticas y socavar la homofobia y la discriminación sistemática en contra la población LGTBIQ.

La lucha por la equidad de género se circunscribe al feminismo. El feminismo como tal no puede ser entendido como una corriente monolítica, sino que debe leerse en función de los múltiples movimientos de acuerdo a las identidades de género existentes. Mayor aun, teniendo en cuenta que coexisten corrientes en función de las agendas sociales enmarcadas en la interseccionalidad de las luchas sociales por la justicia. Tal es el caso del feminismo radical, lésbico, anarcofeminista, negro, latino, tercermundista, cristiano, judío, islámico, LGTBIQ, post estructuralista, post colonial, abolicionista, entre otros. Pero ¿qué ocurre cuando los distintos actores que se proclaman a favor de la equidad de género lo hacen sin apoyo de las distintas corrientes feministas?

Si bien los estudios de género y las mujeres se articulan tanto en la academia como en los movimientos de base desde perspectivas y corrientes hereditarias feministas, no todos los actores sociales que proclaman la igualdad de género se identifican o responden a dichas corrientes. En ese sentido, estamos siendo testigos del crecimiento y relevancia que socialmente se le adjudica a la igualdad de género, pero no todas estas voces vienen de una escuela de formación, o de la militancia y activismos feministas.

Con el fin de visibilizar la lucha por la equidad de género parece ser propicio y producente contar con el apoyo de, por ejemplo, entidades del sector privado. Entre estos, se encuentran también organismos internacionales tales como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otros. Al mismo tiempo, en la actualidad muchas de las grandes empresas también se han manifestado a favor de la lucha contra la violencia de género, y ante la popularidad del movimiento Latinoamericano #NiUnaMenos han alzado sus banderas violetas ―color que representa dicha lucha reivindicativa―. Además de las marcas vemos involucrarse a personas naturales, medios de comunicación, e inclusive partidos políticos se proclaman a favor de este fenómeno social. Sin embargo, cuando ahondamos tanto en sus discursos, como así también en las propuestas que estos actores plantean, pareciera ser que no lo hacen desde una mirada lo suficientemente crítica en cuento al origen y raíz estructural del problema.

Tal es el caso de algunos organismos internacionales, que en aras de incentivar la igualdad de género a nivel laboral proclamando la necesidad de atravesar el techo de vidrio, desatienden uno de los núcleos del problema, como en la falta de oportunidades reflejada en el factor de clase y origen étnico. Cuando el enfoque de género se traslada al sector privado, se propone “sensibilizar” acerca de los estereotipos de género, incentivando el liderazgo femenino y/o LGTBIQ. Sin embargo, no se pronuncian sobre la división sexual del trabajo y la necesidad imperativa de redistribuir las tareas domésticas que aún recaen mayormente en las mujeres, confinándolas a jornadas dobles o triples, e invisibilizando la importancia que su rol aporta a la sociedad. Lo mismo ocurre cuando se presenta a la equidad de género desde la lógica de la productividad y rédito empresarial. En el fondo, lo que prima no es la equidad pensada desde el marco de los derechos humanos y la justicia social, pues lo que impera allí es la lógica de la  competitividad funcional al sistema capitalista, y por ende al status quo de la desigualdad.

La equidad de género sin feminismos está confinada a reproducir e invisibilizar las brechas entre hombres y mujeres

La equidad de género sin feminismos está confinada a reproducir e invisibilizar las brechas entre hombres y mujeres, y a pronunciar todavía más las desigualdades y falta de oportunidades entre personas LGTBIQ. Arengar la participación de las empresas sin pedirles rendición de cuentas es banalizar la equidad de género. Y si bien el “mainstreaming” es una estrategia significativa que les confiere visibilidad a problemáticas sociales naturalizadas, esto no contribuye a sumar fuerzas necesariamente. Muy por el contrario, puede llegar a obstaculizar la resistencia y el cambio estructural de las desigualdades al despolitizar las luchas de base. Cuando una parte de la sociedad  se une a la lucha por la equidad de género sin cuestionar problemas de fondo, corremos el riesgo de ser fagocitadas por las fuerzas más conservadoras del tejido social. Y se crean generalizaciones en el imaginario social que pretenden reducir la lucha por la equidad de género a un tema de violencia de género únicamente, o a un reduccionismo de estereotipos y aparente igualdad formal.

Para ilustrar este punto voy a apelar a la teoría de cambio de paradigma de Thomas Khun. En términos simplificados y en resumidas cuentas, este epistemólogo planteaba que todo paradigma tiene un núcleo duro que resguarda en su corazón la razón de ser de ese sistema de creencias, de esa cosmovisión. Cuando un paradigma comienza a ser cuestionado entran en juego fuerzas que intentan conservar la vigencia del paradigma en cuestión. Un paradigma logra sostenerse cuando tiene la capacidad de resolver los cuestionamientos que se le plantean. Si los conflictos no se resuelven dentro del esquema argumentativo del paradigma, estos últimos comienzan a transformarse en anomalías dentro del sistema. Y cuando las mismas persisten y se agudizan generan lo que se conoce como crisis de paradigma. La crisis se presenta cuando el paradigma vigente no es capaz de solucionar problemas esenciales en el desarrollo y desenvolvimiento del mismo. Viéndose amenazado, procura resguardar su núcleo apelando a internalizar parte de las anomalías. Finalmente, cuando la crisis es tan profunda se cae en una revolución ―en este caso científica― y se genera una conversión de paradigma.

La inclusión del enfoque de género sin su componente feminista que lo sustenta, potencialmente puede despolitizar las luchas que velan por la justicia y equidad social.

Con dicha analogía intento demostrar cómo algunos actores sociales operan discursivamente a través de programas y proyectos sociales con enfoque de género desde la misma lógica que resguarda los intereses del sistema; esto es, el mismo que las origina, reproduce y perpetua. La inclusión del enfoque de género sin su componente feminista que lo sustenta, potencialmente puede despolitizar las luchas que velan por la justicia y equidad social. En ese sentido, el sistema responde a la lucha de clases e intereses de las agendas feministas tratándolas como anomalías, y procurando que no se acumulen de modo tal que generen una crisis del sistema. Como mencionábamos antes, un ejemplo de este fenómeno se expresa en la inclusión estratégica del enfoque de género en el ámbito empresarial, en las marcas que se pronuncian en favor de los derechos por las mujeres, y en los programas de organismos internacionales, quienes abiertamente declaran que la incorporación del enfoque de género en el mercado laboral es productiva y eficiente, a la vez que dejan intacto el mismo aparato que instauró y pronunció las desigualdades, injusticias y violencias sociales que dicen combatir.

Incurriendo en el Purple Wash (‘lavado violeta’), la lógica corporativista del sistema se nos cuela en el deseo de procurar una sociedad más justa.

Entonces, el divorcio entre el enfoque de género y las luchas feministas no hace más que reproducir y proliferar las desigualdades del sistema normativo, machista y patriarcal, el cual se enmarca en la vigencia del sistema capitalista en su esencia. Incurriendo en el Purple Wash (‘lavado violeta’), la lógica corporativista del sistema se nos cuela en el deseo de procurar una sociedad más justa. Una vez más, ese efecto cosmético ahora de color violeta maquilla el conflicto social de la desigualdad de género con programas que resguardan los intereses del status quo, que lejos están de promover revoluciones feministas emancipadoras.

Magda Goldin, Lima 2017

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